jueves, 20 de marzo de 2014

Carta a Dios N°11

20 de Marzo de 2014

Ahí estaba mirando mis heridas, mirando las huellas tras la arena, viendo por cuanto tiempo estuve caminando a orillas del agua para que las olas borraran mis pasos, inconscientemente no quería que me encontraras, tenía miedo, hasta que comencé a ver como a la distancia, se acercaba una tormenta gigantesca, el cielo que estaba limpio, comenzó a oscurecerse, la atmósfera se comenzó a colocar tensa, tenía miedo, no sabía cómo algo que me hacía tan feliz como observar la naturaleza, me podía colocar tan triste y me podía dar tanto miedo. Comencé a llorar como niño abandonado, no comprendía porque me sentía tan solo y en mi mente había una voz que día y noche caminando por esa larga playa me decía que mirara a mi lado. Cerraba los ojos y los volvía a abrir para ver si se había ido la tormenta. No era un sueño, creí que cerrando los ojos y abriéndolos toda esa tormenta que estaba llegando a mi vida se iría. Tenía que enfrentarla y me preguntaba una y otra vez como lo haría si estaba solo. Nuevamente volví escuchar esa voz: “Mira a tu lado” había una lucha dentro de mí, ¡no sabía que hacer! Era solo mirar a mi costado y no lo conseguía, llore ya que solo quería soluciones. Mientras la tormenta aún seguía acercándose. Me arrodille y le grite a los vientos: “¡Detente!” no conseguían escucharme, definitivamente estaba solo. Mientras esos pensamientos iban y venían como cual autopista transitada. Decidí entregarme a la tormenta y el dolor de este mundo, mientras mis ojos inundados de lágrimas trataban de guarecerse tras los parpados. No comprendía como había llegado hasta ahí, pero bueno hasta ahí había llegado y ahí iba a morir. Fue en ese momento cuando sentí que una cálida mano sujetaba de la mía y esa voz que siempre me hablaba esta vez me dijo: “Mírame estoy a tu lado, solo confía” estaba a mi lado… Era aquel personaje que conocí de mi infancia. ¡PENSE QUE SOLO ERAS UNA HISTORIA DE CUENTOS DE HADAS¡ le dije sorprendido, Mientras el sonriéndome y secando mis lágrimas me decía: “Hijo, te acompañe todo este viaje, No estabas solo, solo tenías que mirar a tu lado”. Lo abracé y resolví nunca más apartarme de Él, que con tanto amor me había rescatado.
Pasaron años y caminaba junto a él iba creciendo a cada paso, claro como todo proceso a veces resbalaba y caía, pero mira a mi lado y ahí estaba el para sostenerme. Que lindos momentos de aprendizaje y de comunión junto a ti. Hasta que un día llego la confusión a mi mente y sigilosamente se comenzó a apoderar de mí hasta que llegó el momento en que ya prácticamente me parecía normal tal confusión ahí dentro.
Nuevamente comencé a desesperarme pero esta vez cada una de esas confusiones me apaciguaba un poco, pero nuevamente me volvía a sentir mal. Cada día me preguntaba si estaba bien y me trataba de convencer que sí, hasta que mirando a mi Salvador a mi lado me percate que no podía escuchar su voz, lentamente mis pies comenzaron a caminar en otra dirección mientras él me hablaba y se percataba que no oía nada, comenzó a gritarme que me calmará, ya que él iba a encontrar solución para esa enfermedad. Pero no lo escuchaba, era demasiado tarde para mi… No lo volví a ver otra vez aunque me recordaba muy bien de cada una de las cosas que habíamos pasado juntos. Me cuestionaba por qué tuve que mirar a otro lado en vez de fijar los ojos en el, no debería haber despegado los ojos de mi Cristo. Lloraba una y otra vez la distancia que me separaba de Él, entre tanta aflicción recordé cada uno de los milagros que él había hecho en la antigüedad desde abrir el mar rojo hasta detener el sol por un día solo para que su pueblo ganara la batalla. Recordé a Moisés, Job, Elías y David orando por milagros en sus vidas y en la vida del pueblo. Quería un milagro, me arrodille a orar, para pedir la dirección divina pero me di cuenta que aún seguía sordo, ahí estaba en medio de la tempestad nuevamente no pode más con mis cargas así que me detuve a esperar tu milagro. A pasado un tiempo y aquí estoy en medio de la tempestad esperando me oigas o esperando poder escucharte. No quiero avanzar solo por esta vida, moldéame, guíame y venme a buscar porque ya no puedo estar sin ti. Después de tanto tiempo logro comprender la Biblia cuando dice que tu palabra es vida, porque aquí estoy intentando escucharte y en esa espera estoy desfalleciendo.
Tan solo quiero milagros Señor.
Perdón…


Atte. Tú Hijo Perdido…